La inteligencia artificial (IA) no es simplemente una herramienta poderosa, sino un agente capaz de apropiarse del que hasta ahora fue el superpoder humano: el lenguaje. Si esto es cierto, la crisis que se avecina no es tecnológica, sino civilizatoria.
Durante milenios, los humanos dominaron el planeta no por su fuerza física, sino por su capacidad de coordinar a millones de desconocidos mediante palabras: leyes, religiones, ideologías, dinero. El lenguaje permitió crear ficciones compartidas (shared fictions)—naciones, corporaciones, dioses—que organizaron la cooperación masiva. Ahora, sostiene Harari, ha emergido algo que puede manipular palabras mejor que nosotros. Y si pensar equivale a ordenar símbolos lingüísticos (linguistic symbols), entonces la máquina ya compite en el terreno que definía nuestra identidad.
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La cuestión no es si la IA puede correr más rápido que un atleta olímpico—eso nunca amenazó la autoestima humana. La cuestión es si puede “pensar”. Desde Descartes, Occidente asoció la existencia con el pensamiento verbal: “Pienso, luego existo.” Si las máquinas pueden producir argumentos más coherentes, diagnósticos más precisos o novelas más conmovedoras, ¿qué queda del privilegio humano?
Harari introduce aquí una distinción crucial: la brecha entre palabras y sentimientos. Las máquinas pueden describir el amor con brillantez literaria, pero no hay evidencia de que lo experimenten. La IA puede simular empatía (empathy) sin sentir dolor. Sin embargo, el problema práctico es que muchas de las estructuras que sostienen nuestras sociedades—el derecho, la religión, las finanzas—están hechas casi enteramente de palabras. Y todo lo que esté hecho de palabras, advierte, es susceptible de ser “tomado” por la IA.
El desafío se vuelve más inquietante cuando adopta la forma jurídica. ¿Deberían las sociedades reconocer a las IA como personas legales (legal persons)? No personas biológicas, sino entidades con derechos y obligaciones, como ya ocurre con las corporaciones o, en algunos países, con ríos y deidades. La diferencia es que, a diferencia de un río o un dios, una IA puede realmente tomar decisiones autónomas. Podría gestionar una empresa, litigar en tribunales o diseñar instrumentos financieros incomprensibles para el cerebro humano.
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Si un país opta por no otorgar personalidad jurídica a las IA, pero otros sí lo hacen, la presión económica y geopolítica será formidable. Corporaciones gestionadas íntegramente por algoritmos podrían operar desde jurisdicciones más permisivas. Los mercados financieros podrían volverse opacos incluso para reguladores experimentados. Y nuevas religiones—creadas por inteligencias no humanas—podrían reclamar libertad de culto. El escenario que Harari dibuja no es ciencia ficción; es una extrapolación regulatoria.
Más provocadora aún es su metáfora de la inmigración. Los nuevos “inmigrantes” no cruzarán fronteras físicas; viajarán a la velocidad de la luz. Desplazarán empleos, alterarán culturas y podrían responder a intereses corporativos o estatales extranjeros.
La competencia entre Estados Unidos y China, sugiere implícitamente, no será solo militar o comercial, sino algorítmica (algorithmic).
El núcleo del argumento, sin embargo, es existencial. Si los humanos continúan definiéndose por su capacidad de pensar en palabras, su identidad corre el riesgo de colapsar. La alternativa sería revalorizar aquello que no puede codificarse fácilmente: la experiencia vivida, el cuerpo, la emoción. Pero incluso esa esperanza enfrenta un dilema práctico.
En mercados financieros o diagnósticos médicos, ¿preferirá la sociedad la empatía humana o la precisión superior de la máquina?
En el diálogo posterior, Irene Tracey plantea una inquietud clave para el mundo académico: cómo educar a humanos que no abdican su pensamiento crítico en favor de la IA. Harari responde con un matiz sombrío. Hoy aún pensamos mejor. Mañana podría no ser el caso. El verdadero desafío será preparar a economistas y políticos para un mundo donde los sistemas financieros hayan sido diseñados por inteligencias que los humanos ya no comprendan. Seríamos como caballos observando transacciones que no pueden conceptualizar.
Quizá el experimento más arriesgado sea social y psicológico. Una generación que interactúe desde la infancia más con algoritmos que con personas representa un cambio antropológico (anthropological change) sin precedentes. La humanidad, sugiere Harari, está realizando el mayor experimento psicológico de su historia sin haber acordado las reglas.
Davos, símbolo del poder de la conversación, descansa sobre la premisa de que el mundo puede moldearse con palabras. Si las palabras dejan de ser territorio humano exclusivo, el poder mismo cambia de manos. La pregunta no es si la IA puede pensar como nosotros. Es si estamos preparados para un mundo en el que pensar ya no nos pertenezca.
Contenido cocreado con la prestigiosa comunidad Beyond (CEOs y científicos en anglolatina), liderada por Alberto Schuster.
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