Inteligencia Artificial, ¿asistencia o sustitución? (otra mirada de revisión, de un gran experto en negocios en LatAm)

Días atrás publicábamos una gran artículo revisionista sobre la IA de León Molina, reconocido referente en MKT internacional, hoy Guillermo González, exitoso escritor y especialista en negocios en Latam, hace lo propio.

Muchas de las cosas más extraordinarias que ocurren en la vida no dependen de un razonamiento consciente, de un cálculo ni de una instrucción aprendida.

 

  • Suceden a través de procesos muchísimo más complejos, antiguos y sofisticados que nuestra capacidad intelectual para comprenderlos.

 

  • Podemos estudiar anatomía, neurociencia, biología, inteligencia artificial o comportamiento humano durante años y, aun así, seguir sin poder explicar completamente cómo un organismo sabe hacer lo que hace.

 

  • Nuestro corazón late sin que tengamos que ordenárselo. El cuerpo regula su temperatura, repara tejidos, coordina miles de reacciones químicas y responde al entorno sin esperar instrucciones de nuestra mente consciente.

 

 

Una bandada de aves puede recorrer miles de kilómetros y regresar cada temporada a lugares sorprendentemente precisos. Una planta orienta su crecimiento hacia la luz, regula su consumo de agua y desarrolla estrategias para reproducirse y dispersar sus semillas. Un animal puede percibir cambios en su entorno mucho antes de que nosotros seamos capaces de analizarlos.

No significa que “piensen” estas decisiones como nosotros pensamos una estrategia.

  • Significa algo quizá más interesante: existe una inteligencia que no necesita convertirse en pensamiento para funcionar.

Durante siglos, el ser humano desarrolló una relación muy estrecha con esa inteligencia corporal y ambiental. Necesitaba observar, sentir, interpretar señales, orientarse, reconocer peligros, percibir oportunidades y adaptarse.

 

 

Pero nuestra civilización tomó progresivamente otro camino.

 

Fuimos trasladando muchas de esas capacidades hacia afuera.

Creamos relojes para saber cuándo dormir, aplicaciones para decirnos cuánto caminar, dispositivos para medir nuestro descanso, algoritmos para sugerirnos qué comer, mapas digitales para indicarnos por dónde ir y sistemas capaces de anticipar incluso lo que probablemente queramos comprar.

 

 

Hoy podemos preguntarle a una máquina qué camino tomar, qué decisión empresarial evaluar, qué música escuchar, qué ejercicio realizar e incluso qué podría significar aquello que estamos sintiendo.

Y todo esto representa un avance extraordinario.

 

El problema aparece cuando confundimos asistencia con sustitución.

 

Cuando dejamos de utilizar la tecnología como una extensión de nuestras capacidades y comenzamos a utilizarla como reemplazo de nuestra propia percepción.

Cuanto más sofisticados se vuelven los instrumentos externos, mayor debería ser nuestra capacidad para escuchar los instrumentos internos.

 

Pero muchas veces ocurre exactamente lo contrario.

  • Sabemos cada vez más acerca del mundo y cada vez menos acerca de lo que sucede dentro de nosotros.
  • Podemos medir el sueño y no saber si estamos cansados.
  • Podemos registrar el ritmo cardíaco y no reconocer que estamos angustiados.
  • Podemos analizar cientos de datos sobre nuestro negocio y no advertir que llevamos meses sosteniendo una decisión que íntimamente sabemos que ya no funciona.

 

 

Podemos disponer de inteligencia artificial capaz de procesar en segundos cantidades inmensas de información y, sin embargo, seguir teniendo enormes dificultades para responder preguntas aparentemente simples:

 

¿Qué quiero?

¿Qué necesito?

¿Qué me hace bien?

¿Qué estoy sintiendo?

¿Qué decisión estoy tomando por miedo?

¿Qué parte de mí estoy dejando afuera?

 

 

La ciencia y la tecnología no deberían obligarnos a elegir entre razón e intuición, entre conocimiento y cuerpo, entre inteligencia consciente e inteligencia inconsciente.

 

  • El verdadero desafío de nuestra época probablemente sea otro: integrarlas.

 

Usar toda la capacidad del pensamiento, la ciencia, los datos y la tecnología sin perder aquello que ningún dispositivo puede experimentar por nosotros.

 

  • Porque quizás el gran salto evolutivo que tenemos por delante no consista únicamente en desarrollar máquinas cada vez más inteligentes.

 

Consista también en volvernos capaces de escuchar una inteligencia que siempre estuvo ahí.

 

 

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