La encrucijada socioeconómica: navegando el mayor despertar de la IA

(Por Arturo Sutter, Tecnólogo. Fundador y CEO DE Suttertek en una cocreación Beyond - Infonegocios Miami). Hoy enfrentamos una transformación de igual, o quizás mayor, magnitud: la irrupción de la inteligencia artificial, en particular la inteligencia artificial generativa.  ¿Qué estamos gravemente equivocándonos?, un contenido de alto valor imposible de perdérselo.… 

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No se trata de una actualización tecnológica más. Es un despertar, un cambio en la condición humana que nos obliga a preguntarnos no solo qué puede hacer la IA, sino qué tipo de sociedad queremos construir a su alrededorUn nuevo tipo de despertar

“El mayor despertar de nuestro tiempo no es la tecnología en sí, sino si la humanidad despierta a su responsabilidad de guiarla.”

  • El mundo ya estuvo en encrucijadas antes. Cuando la electricidad iluminó las ciudades a principios del siglo veinte, los escépticos temían el caos mientras los visionarios veían el inicio de la vida moderna. Cuando Internet se expandió en los años noventa, los gobiernos corrían para regular mientras los emprendedores avanzaban sin esperar. 

  • Hoy enfrentamos una transformación de igual, o quizás mayor, magnitud: la irrupción de la inteligencia artificial, en particular la inteligencia artificial generativa. No se trata de una actualización tecnológica más. Es un despertar, un cambio en la condición humana que nos obliga a preguntarnos no solo qué puede hacer la IA, sino qué tipo de sociedad queremos construir a su alrededor.

En apenas unos años, los sistemas de IA pasaron de ser curiosidades de laboratorio a convertirse en herramientas omnipresentes. Los modelos de lenguaje generan textos convincentes, los medios sintéticos difuminan la frontera entre verdad y ficción, y las plataformas basadas en datos llegan a conocernos mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos. Para algunos, esto resulta emocionante. Para otros, inquietante. Pero más allá de las percepciones individuales, un hecho es ineludible: la IA se ha convertido en la nueva infraestructura de la toma de decisiones, el comercio y la comunicación humana.

Cada revolución tiene dos caras

La historia nos recuerda que toda revolución tecnológica ha tenido ganadores y perdedores. La máquina de vapor generó riqueza y empleo, pero también desigualdad y desplazamiento laboral. Internet conectó a miles de millones, pero al mismo tiempo profundizó la polarización y la desinformación. La IA sigue el mismo patrón, solo que más rápido y en mayor escala. Sus promesas son enormes: liberar creatividad, aumentar la productividad y resolver problemas que antes parecían imposibles. Sus peligros son igual de grandes: desestabilizar el empleo de la clase media, erosionar la confianza pública con olas de desinformación y agudizar las rivalidades geopolíticas.

A diferencia de la electricidad o Internet, la IA generativa no es una herramienta neutral que espera instrucciones. Aprende, se adapta y evoluciona de maneras que incluso sorprenden a sus propios creadores. Erik Brynjolfsson advierte sobre la “Trampa de Turing”: un futuro en el que se busque imitar la inteligencia humana en lugar de potenciarla. Eric Schmidt alerta que la IA puede multiplicar las campañas de desinformación y alterar el equilibrio de la seguridad internacional. Laura Tyson recuerda que, sin políticas adecuadas, la automatización erosionará a la clase media que sostiene la democracia. Estas no son preocupaciones abstractas. Están ocurriendo ahora.

IA generativa, promesa y riesgo

En el corazón de este despertar se encuentra un salto tecnológico que sorprendió incluso a los pioneros del campo. La IA generativa, sistemas capaces de producir textos, imágenes, código e incluso voces, se apoya en modelos de base entrenados con océanos de datos. Jack Clark, de Anthropic, describió esto como una “inteligencia alienígena”, no por venir de otro planeta, sino porque su lógica es ajena al razonamiento humano. Mira Murati, de OpenAI, enfatizó que estos modelos evolucionan con la retroalimentación humana. Alexandr Wang, de Scale AI, destacó el rol del aprendizaje por refuerzo como puente entre la potencia bruta de las máquinas y la utilidad real para las personas.

Sin embargo, esta dependencia de la corrección humana revela una paradoja. No entendemos del todo qué saben estos modelos ni cómo razonan. Sorprenden con creatividad, pero también inventan errores con total seguridad. El peligro está en olvidar la diferencia entre imitación y potenciación (inteligencia aumentada). Una sociedad que use IA para reemplazar personas corre el riesgo de la redundancia. Una sociedad que la use para potenciarlas puede desatar una verdadera revolución productiva.

El apretón a la clase media

El impacto socioeconómico más inmediato se sentirá en el mercado laboral. La automatización no es nueva, las máquinas llevan siglos reemplazando esfuerzo físico. Lo novedoso es que la IA apunta al trabajo cognitivo rutinario. Laura Tyson y John Zysman lo llaman “cambio tecnológico rutinario potenciado al máximo”. Profesiones estables de clase media, como la contabilidad, la investigación jurídica, la atención al cliente o el periodismo básico, ya están bajo presión.

Durante décadas, la clase media fue el sostén de la democracia y el crecimiento. Su erosión amenaza no solo a los hogares, sino también a las naciones. En Estados Unidos, la globalización y la automatización ya vaciaron muchos empleos de ingresos medios. En América Latina, millones que recién ingresaron a la clase media corren el riesgo de retroceder si la capacitación no acompaña el avance de la IA.

Las empresas también enfrentan una disyuntiva. Las startups experimentan con valentía, las grandes compañías avanzan con cautela, pero ambas se inclinan por la automatización primero. Reducir costos puede calmar a los accionistas, pero debilita la resiliencia a largo plazo. El camino más prometedor es la potenciación (inteligencia aumentada, del inglés“augmentation”): médicos con diagnósticos más rápidos, docentes apoyados por planes de estudio adaptativos, abogados con investigaciones más eficientes. Muy pocas empresas están priorizando esto. Los indicadores de eficiencia dominan las salas de directorio mientras las consecuencias humanas quedan relegadas.

La batalla por la verdad

Quizás ningún riesgo sea tan urgente como el papel de la IA en la definición de la verdad. Los sistemas generativos pueden crear narrativas falsas pero convincentes a gran escala: artículos inventados, imágenes manipuladas, voces clonadas. Eric Schmidt advierte que esto potenciará la desinformación, permitiendo manipular la opinión pública con precisión quirúrgica.

El problema no es solo la mentira en sí, sino la erosión de la confianza. Si cualquier video puede ser falsificado y cualquier texto generado por máquina, ¿cómo sabrán los ciudadanos qué creer? La democracia depende de hechos compartidos y de instituciones confiables. Sin eso, la polarización se intensifica y las teorías conspirativas florecen.

La IA también ofrece herramientas para defenderse. Los algoritmos pueden detectar medios sintéticos y automatizar la verificación de hechos. Sin embargo, la ofensiva siempre avanza más rápido que la defensa. La desinformación se propaga de inmediato, mientras la corrección tarda. La batalla por la verdad no se ganará con tecnología sola. Requiere alfabetización digital, instituciones fuertes y cooperación internacional.

Geopolítica y la nueva carrera por la IA

Más allá del empleo y de la esfera pública, la IA está redefiniendo el equilibrio global. La competencia entre Estados Unidos y China no se trata solo de participación de mercado. Es el control de la infraestructura digital que sustenta economías y ejércitos.

Los efectos de red generan consolidación: unas pocas plataformas dominan y concentran poder. Para los países más pequeños, esto significa una nueva forma de dependencia. Así como la dependencia de recursos naturales marcó siglos pasados, la dependencia digital puede definir el siglo veintiuno.

Los riesgos alcanzan la seguridad. La IA potencia ciberataques, alimenta propaganda y podría socavar la disuasión nuclear al mejorar la capacidad de apuntar a las fuerzas rivales. Una vez liberadas, las armas cibernéticas impulsadas por IA pueden mutar más allá del control humano. La imprevisibilidad de los sistemas autónomos agrega inestabilidad a un escenario internacional ya frágil.

Schmidt sostiene que cierta cooperación es posible. Establecer líneas rojas, compartir investigación y acordar salvaguardas puede reducir riesgos. La alternativa es una carrera armamentista sin control con consecuencias demasiado graves para ignorar.

Trazar un camino centrado en las personas

A pesar de los riesgos, el rumbo de la IA no está escrito. Depende de nuestras decisiones. Para orientarla hacia la inclusión y no hacia la división, tres ejes son centrales.

Política pública: los gobiernos deben invertir en capacitación permanente, incentivar la potenciación sobre la sustitución y reforzar las defensas frente a la desinformación. Liderazgo empresarial: las compañías deben usar la IA para potenciar a los trabajadores, no para descartarlos, y deben priorizar la transparencia y la confianza.

Sociedad: los sistemas educativos deben formar ciudadanos con alfabetización digital y pensamiento crítico, mientras las instituciones cívicas reconstruyen la confianza en la era del contenido sintético.

La tecnología no determina el destino. Nuestras elecciones sí.

El despertar de la IA ya llegó y es global. Sus avances prometen ampliar la creatividad y la productividad. Sus riesgos amenazan con desestabilizar empleos, socavar la confianza y profundizar las rivalidades. En esta encrucijada socioeconómica, el camino que tomemos decidirá si la IA se convierte en la base de un mundo más próspero y equitativo o en el motor de nuevas divisiones.

Lo que distingue a este momento de las revoluciones anteriores no es solo la velocidad ni la escala del cambio, sino la agencia que todavía conservamos. Los algoritmos pueden ser opacos, pero el uso que hagamos de ellos aún está en nuestras manos.

Arturo Sutter . [email protected]

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